"Si hay que ir se va,
pero ir pa’ na’ es tontería".

Cuando tenía veinte años, yo y mi amiga Debo fuimos a Ibiza. Entonces salíamos con unos chicos, Max y Fran, que eran hermanos. Ese verano nos fuimos los cuatro a Ibiza a visitar a un amigo.

Nos compramos el billete de autobús más barato de Sevilla a Denia (25 euros)= 13 horas.

¿Resultado? 

Tortícolis para todos.

Y desde Denia nos subimos al ferry más lento que había hasta Ibiza (49 euros)= 4 horas.

¿Resultado? 

Mareo para todos. 

Pero no mareo por el barco, ese no. Sino por las 5 cervezas de lata por cabeza que nos bebimos para que no nos entrara mareo en el mar.

A las 11 de la noche llegamos al puerto de San Antonio. Nuestro amigo Migue nos estaba esperando. Llevaba un par de años viviendo en la isla, a pie de playa encima del restaurante en el que trabajaba.

Esa noche hablamos de batallitas del pasado entre cervezas y acampamos en el salón de Migue.

Al día siguiente Debo y yo nos levantamos temprano con muchísimas ganas de ir a la playa. Los chicos amanecieron pegados a las sábanas.

Preparamos el desayuno y finalmente el aroma a café los despertó.

Migue encendió el televisor.

Tenía un videojuego.

Todo un clásico.

Entonces ocurrió algo que a mí aún no me entra en la cabeza.

Y hablando de entrar… Acaba de entrar un email de confirmación en tu bandeja de entrada (¿no lo encuentras en principal? Mira en promociones). 

En él descubrirás la lección que esconde el final de esta historia ibicenca y qué es lo que va a pasar exactamente si decides darle al botón de confirmar.

Un saludo.

Nuria

P.D. Nos vemos en tu email.

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